BRILLA MI AMOR

Somos padres, tíos o ambas cosas… ¿Recuerdas ese hermoso bebé que comenzó a respirar ese día tan especial y que ya nunca olvidarás? Ese rostro tan perfecto, ese deseo de protegerle contra todo mal, ese anhelo y esa necesidad de quererle con todo tu ser hasta el final de tus días. Empezaste una nueva etapa en tu vida, te convertiste en “padre”. Cada nuevo día suponía un nuevo reto, una oportunidad para ver su aprendizaje, para ver lo que te enseñaba.

Pasaron los días y cometiste la imprudencia de planear su vida, de ver en él la consecución de grandes éxitos que en realidad se trataban de los éxitos para los que tú no te veías con capacidad de conseguir. Tu hijo sería diferente, él es mejor, es más capaz, es más perfecto, más guapo, más inteligente… Él brillará como tú nunca jamás podrías.

Esas primeras sonrisas, esa mirada que buscaba en tus ojos que tanto te enorgullecía, que tanto te emocionaba. Su primer cumpleaños fue un “poco raro”, quizás no te pareció extraño o tal vez pienses que algo pasa con ese tan lindo bebé.

Luego los días van corriendo y parece que el tiempo va demasiado deprisa para tu hijo. Parece que no llega a alcanzar a los demás bebés de su edad que conoces. A pesar de que seguro es de los más guapos, a pesar de los aprendizajes que te muestra de vez en cuando y casi siempre solo a ti, a quien está con él día y noche velando cada momento de su vida.

En su segundo cumpleaños ya el entorno empieza a mirarle de “otra manera” y te preguntan por qué hace esto o aquello que seguro los niños normales no hacen. Casi sin darte cuenta también tú le cuidas “de otra manera”, hablas por él y justificas todo cuanto muestra y todo cuanto deja de mostrar.

Al tercero no te queda más remedio que buscar explicaciones para eso que no es normal. Que explique por qué apenas dice alguna palabra y si lo hace es cuando está solo o, a lo sumo, cuando está contigo. Por qué con tres años resulta tan complicado enseñarle cosas básicas como por ejemplo el control de esfínteres, la comida o la rigidez en sus rutinas diarias. Por qué con esa edad aún sigue pidiendo ayuda llorando y nunca te ha llamado mamá, en realidad, nunca te llama. Y por qué no le interesa mostrarte esos nuevos conocimientos que va adquiriendo, ni los juguetes nuevos… La timidez es algo que ya no parece suficiente respuesta para todo esto.

Así, una persona que acabas de conocer  y que no conoce a tu niño salvo por lo que tú le comentas abre una carpeta y comienza a escribir en folios. Esa carpeta ya no se cerrará sino que engordará con el paso de los años. Tu hijo acaba de convertirse en “un niño con problemas”, todavía sin etiqueta aunque ya ha dejado de ser “normal” oficialmente.

Al principio de esta odisea no lo asimilas, crees firmemente que habrá algún medicamento o alguna fórmula mágica que conseguirá que se cure. Ahora ya no deseas que sea un genio, ni un modelo estético, solo deseas fervientemente que sea “normal”. Todavía permaneces estancado en que tus sueños con respecto a su futuro pueden convertirse en realidad.

La necesidad de auto protegerte te hace temer ver a otros niños mayores con el mismo problema que el que dicen es el de tu hijo. Niños más mayores significa que sus hándicaps se notan más. Tu hijo no, tu hijo es diferente, seguro. Tu niño se volverá “normal”, se curará.

El velo de los ojos ha de caerse más tarde o más temprano y es cuando emerge el duelo, en realidad se trata de la muerte de tu sueño porque tu niño sigue siendo el mismo, tu niño busca su propio destino a pesar de lo que a ti te cueste asumirlo.

El tiempo convierte la pena en lucha, una lucha incesante, intensa, agobiante para el padre y para el hijo. Un último intento desesperado porque se “recupere”, de que sea como los demás, de que lleve el mismo ritmo que el mundo ha puesto para todos. Esa batalla que has perdido pues luchas contra ti mismo desespera a tu hijo y tú te sientes impotente. Crees que debes continuar, crees que es tu deber, que lo haces por su bien… Y, lo sospeches o no, no lo haces por él, lo haces por ti. Lo haces para demostrarte a ti mismo y al mundo que tu hijo puede hacer tanto o incluso más que lo otros niños y es… ¡agotador!

Cuando llega la verdadera aceptación te normalizas, tu vida cobra una rutina y te adaptas. Tu niño te ha enseñado ya un montón de aprendizajes importantes, y más seguirá enseñándote. Es hermoso este momento porque es cuando tus ojos consiguen sentir a tu hijo, a esa personita parte de ti mismo. Y ocurre, le adoras como el rey que es para tu vida. Le quieres y le aceptas. Le sobre proteges, le defiendes contra viento y marea a veces aún incluso sin tener la razón.

Es el momento de despertar. Tu hijo tiene su propia personalidad, tiene sus deseos únicos como él, sus inquietudes y sus particulares ambiciones. Seguro que todas éstas en nada coincidirán con  lo que tú habías planeado en tu mente aunque te garantizo que son exclusivamente suyas. Te garantizo que dejará huella en el mundo, en cada una de las personas con la que se encuentre. Tu hijo brillará con luz propia y si se lo permites será feliz y tendrá éxito, siempre a su manera.

BRILLA MI AMOR,  mi mano siempre estará ahí para ti, siempre a tu alcance. Nunca lo dudes.

Rocío Testa Álvarez