CAMINANDO JUNTOS

Hola a todos amigos ¿Cómo os encontráis?

Llegó el frío y la lluvia prediciendo el invierno, a mí ya sabéis que me gusta este clima. Podéis encontrar el lado bueno para quienes os resulte triste. Es un tiempo para estar en el hogar, y mejor aún si tenéis posibilidades de encender una buena candela. Es el momento perfecto para estar tranquilos, siempre que vuestros niños os dejen, claro. Para reflexionar, para estar con nosotros mismos, para atender a ese otro niño que todos llevamos dentro y casi siempre descuidamos.

Hablo de ese pequeño que permaneció dentro de nuestra mente mientras nuestro cuerpo y nuestro raciocinio siguió creciendo. Ese niño que hemos olvidado. Esa parte de nosotros que se esconde porque tiene miedo, siente rencor, se siente herido o siente vergüenza.

¿Quién no se ha dicho a sí mismo o en voz alta ojalá pudiera volver a ser niño? Pues yo te contesto, adelante, vuelve a ser niño, recupera la inocencia, la honestidad y la sinceridad de los niños. Con los años nos contaminamos de tantas creencias, de tantas manías, de tantas enseñanzas muchas veces tan perjudiciales. Nos transformamos en nuestros padres, en depresivos, ansiosos, malhumorados… Quizás merezca la pena volver a pensar como cuando éramos inocentes niños. Regresar a no tener más preocupaciones que el modo de pasar el tiempo de manera divertida sin pensar en el mañana, disfrutando a cada instante de lo que ya tenemos.

Podéis pensar, ya, pero he de ir al trabajo, tengo responsabilidades. Bueno, los niños deben ir a la escuela y para ellos, créanme, es estresante a menudo. No hay tanta diferencia. Tal vez una fundamental, ellos no pueden escoger lo que les enseñan mientras que nosotros en gran medida sí podemos escoger en qué trabajamos.

Si os parece demasiado difícil o inviable sentiros como niños al menos sí debéis hacer algo para hallar la felicidad que muchos piensan que es como el agua escurriéndose de nuestras manos. No se trata de sanar el cuerpo físico aunque sí se relaciona más de lo que creemos. Se trata de conocernos, conocer y descubrir a ese pequeñín que se escondió un buen día y jamás lo volvimos a ver. Desvelar lo que tiene que decirnos, cuidarle y mimarle para que vuelva a sentirse seguro y no nos lleve a cometer errores que luego lamentamos.

La sociedad casi siempre nos hace sentirnos egoístas cuando pedimos tiempo para estar a solas pensando, meditando o disfrutando en nuestra soledad. No es egoísmo, es salud, es bienestar, es paz. No nos privemos de esta escasa medicina que, paradójicamente, es gratis. Estaremos mejor nosotros y quienes nos rodean.

Quien tiene un hijo con alguna discapacidad sabe lo duro que en ocasiones resulta. A veces te sientes mal porque estás harto de los problemas que presenta. Te sientes indefenso, impotente para ayudarle, te agobias, te saturas y aguantas, aguantas, aguantas… hasta que no puedes más y estallas. Entonces adoptas el papel de víctima, por qué esto es tan difícil, por qué no puede ser de otro modo, por qué a mí, no puedo más, estoy harto/a, por qué no… y al mismo tiempo te sientes peor pensando esto. Y pasas de la ansiedad a la ira para acabar en la depresión.

Es un círculo que se repite una y mil veces. En muchos momentos no piensas, te dejas llevar, crees que es mejor así. Cuando te sientes desbordado/a entonces pasas por todas las etapas hasta que lo olvidas otra vez. Disfrutas momentos muy puntuales y siempre con el miedo a que la paz se rompa.

¿Duro? Por supuesto ¿Alguna solución?, para empezar una muy importante que acabo de mencionar, buscar un tiempo para ti, para ser tú, ¿quieres llamarle el momento egoísta?, pues que así sea. Busca ese momento egoísta en donde la paz te llene de tanta energía que no habrá problema que te sobrepase y seguro que hallarás más soluciones para el problema de tu hijo y, en cualquier caso, para regenerarte a ti mismo.

¡Vaya! ¡Qué fácil parece! ¿Alguien me cree? Pues no me creáis, solo intentadlo. Daros ese tiempo egoísta, permitiros llenaros de energía, concedeos el regalo de disfrutar de algo que os encanta. Y nunca dudéis en pedir ayuda para conseguir esos momentos, es algo de lo que estoy segura al cien por cien de que jamás os arrepentiréis.

La vida es corta para lamentarse, para llorar por lo que no tenemos, para culparnos de nuestras conductas o de errores que seguro no son más que aprendizajes por los que tenemos que pasar para crecer como seres humanos.

Una afirmación es cierta, jamás estamos solos, nuestro niño nos acompaña allá a donde vayamos a veces influyendo en nuestro modo de reaccionar ante las situaciones que se nos presentan. Si le conocemos todo irá mucho mejor. La soledad no existe más que en la mente de quien tiene miedo a descubrir la compañía que late dentro esperando el momento de manifestarse.

Brindemos por el tiempo de recogimiento, brindemos por los momentos egoístas. Brindemos por cada uno de nosotros, únicos, irrepetibles y, no lo dudéis, perfectos como somos. Caminemos juntos con nuestros “niños”.

Gracias a todos.

Rocío Testa Álvarez.