“¡MAMÁ….!¡ TENGO MIEDO!”

Esta es una de esas frases que no dejan a nadie indiferente, bien porque todavía recuerdan su infancia o bien porque tenemos hijos.

Uno de los sentimientos más devastadores y poderosos de cuantos existen es el miedo. El miedo que nos paraliza, que nos amilana, que nos hace sentir minúsculos en un mundo demasiado grande. El miedo.

Es imposible crecer sin haber sentido alguna vez temor, paralización o indefensión. Esa sensación de ahogo, ese sentimiento de creer que ya no podemos más con la angustia, casi al deseo de que finalmente nos alcance el motivo de nuestro padecimiento, que nos alcance para que al final todo acabe.

Es difícil afirmar qué miedo es más llevadero, el físico o el mental. Así también varía el grado en el que somos capaces de esconder nuestros temores. Hay personas más expresivas, personas a las que enseguida percibimos que “algo les pasa”, tal vez no lo asocies con el miedo en un primer momento a pesar de que algo detectas. Según la capacidad de empatía de cada cual percibirás estos sentimientos más pronto o más tarde.

La empatía… ¿qué es ser empático? Es la capacidad para ponerte en el lugar del que tienes enfrente, no es sencillo, hay gente que no es capaz y hay personas que creen ponerse en el lugar del otro y lo único que hacen es hablar desde sí mismas sin llegar a reconocer los verdaderos sentimientos de quien le está contando un problema.

El extremo de esta situación lo encontramos de nuevo en los T.E.A., nuestros amados niños, que siempre serán niños a nuestros ojos por muy grande que sea su cuerpo físico.

¿Alguien se ha parado a escuchar a alguien con autismo? la edad no importa demasiado, solo importa que tenga la capacidad para hablar. Es muy curioso, desde los que apenas se dirigen a ti más que para cumplir con el “protocolo” que día a día trabajan con ellos, saludar con el “hola” para seguir con sus rutinas. Hasta aquellos que quieren entablar una conversación contigo. Éstos, más capacitados, son capaces de preguntarte e interaccionar, preguntan y contestan para acabar más bien pronto hablando de lo que de verdad tienen en su cabeza, sus preocupaciones o sus quehaceres… Algunos tienen en sus mentes unos discursos internos llenos de razonamientos encadenados que pueden estar repitiendo todo el día.

Esta falta de empatía tiene como consecuencia que para la sociedad que no les conoce, para el mundo humano donde la ética social exige que preguntes por el estado de quien te encuentras, se les acabe tachando de egoístas. ¿Podemos de verdad acusarles de ser egoístas? Hay ocasiones en que estos discursos repetitivos son armas, estrategias para afrontar situaciones de estrés y miedo.

Volvemos al tema que nos ocupa, el miedo, las estrategias para afrontar el miedo. Repetir frases o discursos que tal vez no tengan sentido quizás no se considere apropiado pero seguro que no va a hacer que nadie resulte herido. En el caso de los que no tienen esa capacidad para hablar o para centrar su ansiedad en la palabra, surgen las autolesiones, los chillidos, incluso el rechazo a cualquier contacto físico.

Hablemos de percibir en los demás el miedo. Hablemos de enseñar estrategias para afrontarlo, hablemos de enseñar que no somos iguales, no vemos las situaciones del mismo modo. Un mismo hecho aterroriza a un niño mientras que provoca una sonrisa en el adulto. El miedo no se puede medir. Nadie puede sacar un baremo del bolsillo para decirnos cuánto temor podemos tener ante un hecho.

El miedo solo existe en nuestras mentes por eso es tan subjetivo, por eso debemos respetar a quien lo padece, por eso debemos aprender que en realidad el miedo es una invención, no es real, y aquello que ha causado ese sentimiento acaba por descubrirse para convertirse en humo. Aún en situaciones extremas en las que nuestra vida corre peligro, ¿a quién tememos más, a nuestros verdugos o a lo que creemos que nos va a suceder, a la bala o al dolor? Cuando ya nos ha alcanzado la bala dejamos de tener miedo porque la amenaza ya pasó, nada peor va a suceder y la mente deja de inventar.

¡Mamá!, ¡tengo miedo!, ¡quédate conmigo…!

Rocío Testa Álvarez