¿Por qué yo no?

Cada persona pasa por una serie de etapas a lo largo de la vida, muchas veces este cambio de ciclo provoca crisis cuya gravedad dependerá de nuestra manera de ser, de los recursos que tengamos o de nuestra capacidad para afrontar este paso que nos llevará al crecimiento personal. Estos ciclos suelen ser de 7 años.

Hay niños que sufren cuando pasan la etapa de niñez a la etapa de pubertad, antes de comenzar la adolescencia, aunque también esto comienza a variar. Los niños cada vez son menos tiempo niños, tienen demasiada prisa por hacerse mayores. Es por esto que ahora ya casi se pueden equiparar los cambios físicos y hormonales a los cambios de rebeldía y cuestionamiento de lo que hasta ahora era “cierto” y no se planteaba que pudiera ser criticado. El desarrollo psicológico parece haberse adelantado un par de años. Así, el refrán de “ahora nacen aprendidos” empieza a adecuarse a la realidad.

Sin embargo, será algo más adelante, en torno a los 16-18 años cuando las grandes dudas martillean las cabecitas de nuestros hijos, 21 si existe algún tipo de retraso. Estos seres que aún no son adultos y no tienen su personalidad formada, que todavía no tienen claro qué es lo que querrían ser en un futuro, que lo único que tal vez sí de verdad les importe es pertenecer a un grupo de iguales y ser respetados dentro de él.

De pronto son niños para algunas cosas, generalmente cosas que son perjudiciales para ellos, como salir hasta tarde, beber alcohol o fumar. Sin embargo son mayores para otros muchos temas. Entre ellos se les dota, si la familia lo permite claro, de la capacidad para escoger su vocación o, al menos, una rama profesional con varias opciones.

Esta etapa complicada donde la inestabilidad emocional impera ante una sociedad que parece ajena a sus sufrimientos, ante una sociedad que no tiene en cuenta sus crisis, su incomprensión por parte de la familia, su depresión por sentirse inferiores y con poca fe en sí mismos, con poca fe en sus capacidades. A veces incluso por no ser conscientes de que de verdad poseen alguna capacidad en la que destacan y son buenos.

Cuando tenemos hijos con problemas deseamos que estén lo menos afectados posible. Creemos que cuanta mayor capacidad menos sufrirá, mejor se adaptará a las exigencias del mundo que les rodea. Sí, creemos que si tienen buena capacidad serán capaces de valerse por sí mismos y podrán llevar una vida  de calidad. Sí, eso pensamos…. hasta que la realidad nos golpea echando por tierra nuestros equivocados razonamientos.

Si para un niño normal pasar por ese momento de indecisión en el que deben pensar en lo que son, en lo que pueden hacer en este mundo y en lo que valen. Si para ellos es difícil para alguien con autismo o cualquier otro problema de salud mental todavía es mucho más. En los chicos afectados pero con buen nivel cognitivo las dudas se convierten en síntomas, en síntomas que probablemente desembocarán en una enfermedad añadida.

Comenzarán las terribles y nefastas comparaciones, salen de un colegio de educación especial, salen de ese ambiente protegido donde explotaban ciertas destrezas pero que ya se les quedan pequeñas porque se dan cuenta de que tienen más capacidad que la mayoría de los que están ahí  pero menos para a lo mejor lo que quisieran hacer.Tal vez quieran acceder a todo para poder escoger sin límites, sin impedimentos, sin esa etiqueta de… “Tú no encajas aquí, tú no vales”. Este terrible momento es tan duro para los chicos como para los padres, incluso más para los padres que ven impotentes cómo sus hijos se hunden en un pozo que no debería existir, un pozo que como en el pasado siempre han ido tapando con arena para que no tropezasen, un pozo al que ahora ya no tienen acceso y por tanto solo pueden observar sin hacer nada más que estar ahí para ofrecer su apoyo, para contestar a preguntas para las que a veces no tienen respuesta o sea tan delicada que temen decir alguna palabra que les hunda todavía más… Muy duro.

¿Por qué yo no puedo hacer este trabajo? ¿por qué las empresas no me quieren? ¿por qué…? Y llega la depresión, ese abatimiento que provoca la indefensión entre lo que no pueden hacer y lo que pueden pero no quieren. Llega ese momento donde los días son tristes y oscuros y la luz se ha ido de sus rostros.

Llegará el momento en que al fin el sol salga de nuevo, llegará el día en el que estos chicos descubren su misión en la vida, su talento, su lugar en la sociedad. El tiempo que tarden no se puede determinar, cada uno es un mundo, cada uno piensa de un modo diferente, cada uno tiene mayor o menores apoyos, mejor o peor ayuda… Entonces es cuando los padres acogen ese rayo de sol como una verdadera bendición mientras la guardan en un cajón de su interior y lo cierran con llave procurando no hablar demasiado fuerte no vaya a ser que se escape y vuelva de nuevo la tormenta.

El no puedo se convierte en “estoy haciendo esto, se me da bien y me gusta”, soy mayor, sí puedo.

El problema es que la sociedad tiene que abrir más sus brazos para que “este puedo” sea posible, que no dependa del nivel económico familiar ni de los “contactos” que sus padres posean. Que solo dependa de que siempre existe un trabajo para cada persona y una persona para cada trabajo. Y éste sí es un trabajo de todos.

Rocío Testa Álvarez