La sociedad es ese conjunto de personas que comparten un territorio, una cultura con unas costumbres y un idioma. Un grupo que siguen unas normas que se fueron imponiendo a lo largo de los años y que ya casi nadie cuestiona.

Así, desde pequeños acudimos al colegio porque nuestros padres nos lo dicen y el sistema nos obliga. Nos formamos para acabar trabajando en algo que nos motive sea psicológicamente o simplemente económicamente.

Es en este marco donde surge lo inusual, lo extraordinario, lo… “raro” o “peculiar”. Las conductas no normales derivadas de alguna diversidad funcional. Y dentro de estos, nos encontramos con los “nuestros”, como si de una raza especial se tratase, las personas con T.E.A., con sus rasgos tan propios, tan únicos.

Las personas con autismo aparecen arrasando, rompiendo normas casi desde que nacen. Con su razonamiento lógico, sin tapujos, sin dobles sentidos, sin pudores, sin dejarse manipular por esas normas asumidas por el resto de la gente.

Una persona autista te enseñará que la vergüenza no existe, por ejemplo  pillando aquello que está a su alcance y que nadie coge porque “no es está bien visto”, como podría ser ese aperitivo que permanece intacto en la mesa de al lado porque sus ocupantes no desean consumirlo.

Te enseñará lo importante que es quererse a uno mismo. Si tienen una necesidad no pararán hasta satisfacerla, y el pudor no es para ellos ninguna barrera. No dejarán su asiento para que otro ocupe su lugar, intentarán saltarse cualquier tipo de cola de espera que exista hasta su objetivo, se meterán en el lavabo de mujeres si son hombres y no encuentran el suyo… Y tantos otros detalles de este estilo.

Son fantásticos cuando se trata de guardar la calma y la paciencia en cuestiones cotidianas de la vida como ir a un lugar o a la hora de realizar algún aprendizaje que alguien quiere que practique. Debes dejarle tiempo y, asimismo, conseguir encender en él el interruptor del amor propio, esa necesidad de sentirse útil, de recibir alabanzas, de hacer bien las cosas.

La honestidad forma parte de sus personalidades, es un rasgo común a todos ellos. Si han hecho algo que no debían te lo harán saber de una u otra forma. Del mismo modo si se sienten mal chillarán y de nuevo el lugar en el que se encuentren nada importará.

Son excelentes examinadores de personal. Enseguida captan la manera de ser y de actuar de las personas con las que interactúan. Si no sacas nada de ellos, cambia de profesión.

La sociedad admira el talento, admira a las personas que sobresalen a nivel médico, científico, académico, artístico…. ¿Cómo están tardando tanto en valorar a estos genios de la vida? A estos genios a quienes ante todo lo que les impulsa cada momento y en cada momento presente es estar bien física y psicológicamente. Tan sencillo, tan complicado para nosotros, el común de las personas.

Las  personas con autismo no cuestionan las reglas sociales, se dejan llevar por sus necesidades. No lloran porque esté lloviendo sino que buscarán un lugar donde no mojarse. No envidian a los  que tienen más que ellos, solo disfrutan el hoy procurando estar felices.

La personalidad autista es tal vez el modelo a seguir, el primer maestro que puede enseñarnos el auténtico camino hacia la felicidad. Son precisamente las normas, la cultura, las exigencias de esta sociedad que se sale de su peculiar modo de pensar lo que acaba provocando en muchos de ellos enfermedades relacionadas con el estrés, la ansiedad, la depresión o los trastornos obsesivos y/o compulsivos. Todo porque perciben que no pueden desarrollarse como desearían sintiéndose impotentes.

El mensaje del autismo es claro: ser felices, ser fieles a sí mismos, a su yo auténtico para alcanzar la felicidad.

La lección para la sociedad también es igual de cristalina, la honestidad con uno mismo  es el verdadero camino para lograr personas más felices que a su vez podrán regalar lo mejor de sí mismas.

No preguntemos qué puede hacer la sociedad por el autismo sino lo que el autismo puede enseñarle a la sociedad.

Rocío Testa Álvarez