PERDÓNAME… SOY HUMANA

¿Alguien recuerda alguno de esos días en los que la mañana resulta demasiado pesada?, ¿esos días en los que es difícil abrir los ojos, desperezarse, tomar las riendas del nuevo día?.

Tal vez no exista ningún motivo en especial para que esto ocurra, todo parece seguir su curso normal. Una noche normal en la que has dormido más o menos bien, quizás hayas tardado algo más en conciliar el sueño, quizás alguna duda haya estado martilleando tu cabeza. Nada excepcional, eres un padre o una madre cabal, luchador, siempre con un objetivo en mente.

Tu objetivo no es otro que el hijo que necesita ayuda, y tus hijos, porque puede que tengas más de uno a pesar de que te preocupes del que tiene problemas de manera más especial, más intensa. Desde que has descubierto su problema, el hecho de que no es como los demás, el hecho de que va a necesitar más que sus hermanos, más que cualquier persona que camina por la calle. Va a necesitar luchar y conquistar a una sociedad que parece estar hecha para las personas normales, ésas que desean vivir consumiendo y dejando que otros decidan por ellos, ésos que votarán a la persona que desde el poder deciden que debe ganar en una sociedad aparentemente democrática. Aún más tú, como padre o madre, deberás en ocasiones hasta suplicar que a tu hijo se le trate como a una persona, un ser humano que piensa y siente con el corazón igual que los que se consideran normales.

Ahora te resulta increíble que esa sea la realidad, aunque si vuelves la vista atrás, cuando recuerdas aquellos años de infancia… ¿había algún niño especial en tu colegio? ¿en tu clase?. Éramos niños, recuerdo ese niño que no podía entender ciertas cosas, ese niño que repetía curso tras curso, que decían de él que era “subnormal” y no en tono despectivo sino como una manera de definir un niño con problemas. Mi memoria es de cuando la profesora, antes de explicarnos algo de matemáticas o algún tema complicado, le decía a este niño que se fuera al recreo…. Yo no lo entendía, y cuando me decían que era porque no tenía capacidad para aprender seguía sin entender qué pretendían decir.  En aquel momento no me planteaba si era justo o no, sencillamente me parecía extraño y hasta sentía cierta envidia porque él se iría a jugar mientras yo debía permanecer en la clase. Niños.

Volvemos a la realidad porque el pasado no existe, el futuro tampoco porque aún no ha llegado. De nuevo ha amanecido, has apagado el despertador medio dormido, has abierto los ojos y ya te sientes cansado… Las arrugas y las canas pueden adivinarse a través de la suave luz del dormitorio. Tu pareja se da la vuelta diciendo “un rato más”.

Tú debes obligarte a levantarte porque sabes que el ritmo de la casa empieza contigo. Los desayunos, levantar a tu pareja, a tu hijo mayor, al hermano… Luego cada cual debe responder a sus obligaciones.

Ahora, según la edad de tus hijos y el número de canas que asomen en tu pelo se adivinará los problemas que te preocupen en el momento presente.

Si el hijo con problemas tiene entre 3 y 6 años seguro querrás conseguir que aprenda todo lo posible en el menor tiempo posible, y aprender todo muchas veces incluye el tema académico. Queremos que aprendan a leer y escribir, los números…. en el fondo lo que buscamos es que sean normales a pesar de que sigan teniendo el sobrenombre de “niño con problema”. Somos los superhéroes que solucionarán las dificultades de sus niños, sean cuales sean.

A partir de los siete años empezamos a reconocer que el tema académico no es tan importante, dejamos de empeñarnos en que sepan las letras, los números…  a veces dejamos de creer en la fantasía totalmente justa de poder escuchar su primera palabra. Sí, he hablado bien, ¿cuántos padres saben de lo que hablo? ¿qué padre o madre no ha deseado que su hijo con T.E.A., con escasa capacidad cognitiva, pronuncie al fin la primera palabra? No un balbuceo como “ma” o “pa”, no, la palabra completa y mirando a mamá o a papá. Así, a pesar de que en ocasiones no hablan pretendemos que aprendan como los demás… ¡hay, es tan complicado! Otras veces ocurre que, a pesar de que tengan lenguaje hablado y sean capaces de aprender, no consiguen hacerlo al ritmo de los demás y nos sentimos en la obligación de estar encima de ellos a veces casi ahogándolos para que progresen al ritmo de la media de los demás niños.

Cuando llega la pubertad otros problemas surgen, a veces más complicados, a veces los tergiversamos nosotros, los exageramos, nos cegamos… Aunque siempre nos traen de cabeza. Es el momento, además, en el que vemos que nuestros niños dejan de serlo, evolucionan físicamente como los demás a veces son incluso más tempranos…. ¿cómo tratar a un adolescente que es también un niño?. ¿Cómo dejarle cierta intimidad para que desarrolle su instinto y al mismo tiempo estar pendientes de comprobar si se ha limpiado bien después de ir al baño?.

Asoma ahora la adolescencia tardía, mayoría de edad, en donde tienen la posibilidad de tener una cuenta en un banco o votar para escoger presidente… ¿vas a inhabilitarlo? ¡Qué feo suena ese término! …. Se acaba el colegio un par de años después y ya no tienen posibilidad de estudiar más aunque quisiesen… ¿Por qué razón no pueden tener un centro adecuado a ellos en donde continúen aprendiendo?, yo no lo sé.

Los problemas no parecen acabarse nunca, los objetivos, la lucha por ver su futuro solucionado… Siempre preocupados. Esto hace mella en muchas familias. En los padres que se sienten agotados, en los hermanos que se ven olvidados en su propia casa, un hogar donde siempre parece que se habla de lo mismo: “qué vamos a hacer con… el hermano con problemas” dando por supuesto que el otro se valdrá por sí mismo porque creemos que tienen recursos de sobra para enfrentarse a la vida. Admiro a los hermanos de niños con problemas, ya sean mayores o menores. Se adaptan de tal manera que se convierten en segundos padres de su hermano, intentando a toda costa protegerles de todo mal. Es cierto, después de esa etapa en la que sientes vergüenza por  todo. Solo un pequeño período de sus vidas en las que aún no saben quiénes son y aún no hayan aprendido a valerse y hacerse valer.

Tal vez el problema radique en que pensamos demasiado. Relajemos nuestra mente, disfrutemos del presente y no olvidemos a ninguno de los componentes de la familia. Todos somos importantes, todos sufrimos, nos cansamos y, más que nada, todos somos capaces de levantar la cabeza y enorgullecernos de nosotros mismos y de nuestra labor.

Te perdono… eres humano.

 

Rocío Testa Álvarez