¿SABEMOS VIVIR?

Vivir no debería ser difícil, no se necesita estudiar, no se necesita más que respirar y superar las metas que se nos van planteando a lo largo de los años. Conoceremos personas que nos ayudarán y otras que probablemente nos perjudiquen aunque siempre todas ellas nos enseñarán y de esas enseñanzas creceremos como individuos.

Sin embargo ocurre que somos nosotros precisamente, los seres humanos, los que más dificultades tenemos a la hora de poder aprovechar los días en los que nos encontramos en este mundo, que es un suspiro. Tenemos tantas normas, tantos pensamientos, tantas ilusiones falsas que nos perdemos. Valoramos más un billete de papel que un plato de comida… Nos complicamos de manera increíble, casi cómica, porque llega un punto en el que no sabemos qué es vivir.

La ansiedad, el estrés, la depresión… nos invaden nublando nuestra vista. No estamos en esta vida para sufrir, debemos hallar ese talento que todos tenemos escondido y muchas veces oculto porque nos empeñamos en reprimirlo por miedo  Ese valor que nada tiene que ver con la riqueza material.  ni con el falso poder.  Eso que cuando empezamos no podemos parar de hacer hasta terminar, eso que hacemos y se nos pasa el tiempo sin sentirlo. Nuestra verdadera esencia. El lugar donde radica la auténtica felicidad.

Tal vez si fuésemos conscientes de lo que realmente es la vida no perderíamos tanto el tiempo en preocuparnos. Si reconocemos que el pasado es humo que tal vez hay dejado huellas pero no sirve de nada darle vueltas, ya nada cambiará lo que nos ha sucedido. El futuro es igual de nebuloso porque de todas los posibles resultados a algo que nos preocupa seguro ninguno será el que finalmente suceda. Lo único real, lo único que importa es el momento presente, ese que tantas veces perdemos tanto por atormentarnos por la culpa de lo que hayamos hecho y ya no podemos cambiar como por lo que vendrá y creemos que es algo imposible de superar… Cuando llegue el presente será pasado, tendremos canas blancas y arrugas de tanto pensar en lo que pudo ser y en lo que ya nunca será.

Los padres que tenemos hijos con alguna discapacidad somos un grupo vulnerable especialmente. Creemos que el futuro de nuestros hijos va a ser un vía crucis para ellos, que como con nosotros no van a estar en ningún lugar, que nadie les va a comprender como nosotros, que solo con nosotros pueden ser felices… No es así. Afortunadamente existe gente muy preparada para ellos, gente que será capaz de conocerles casi tanto como nosotros les conocemos. Que no son tan indefensos como nos parece porque a su manera saben protestar. Y algo que nos cuesta reconocer muchas veces, nuestro cariño, nuestro amor por ellos a veces puede impedir que maduren como personas. Tanto les queremos proteger que les tratamos como si fueran bebés eternos incapaces de aprender. No lo son. Tienen su misión en este mundo igual que cualquiera de los que llamamos “normales”.

Así que cada vez que tengamos en la cabeza esa pregunta de ¿qué será de mi hijo cuando yo no esté?, tal vez debamos separar nuestros sentimientos y pensar que tal vez sigan viviendo el camino hasta llegar al final de su trayecto, que no son tan indefensos. Que, a lo sumo, deberíamos dejar abiertas algunas puertas que les facilite un poco el recorrido mientras les enseñamos estrategias que puedan utilizar en diversas situaciones. Unir nuestras voces y nuestro tiempo para ampliar los recursos, presentarles el mundo y gritarle al mundo que sí, aquí están, son ellos, los nuestros. Darles la voz para que reclamen su lugar en la sociedad.

Dejemos de perder más el valioso tesoro que es el tiempo. Prestemos atención a ese nuestro niño interior que se esconde asustado en un rincón de nuestro inconsciente a la espera de ser perdonado y ser curado de las heridas que se ha hecho en el pasado.  Aceptemos que solo existe el presente, un presente que nos ofrece continuamente señales para que aprendamos algo de una situación, de una persona, de alguna cuestión sin solucionar…Seamos conscientes de que para ser felices solo necesitamos nuestro interior, no busquemos fuera lo que es intrínseco a nosotros. No permitamos dejarnos ahogar en el gran vaso que es la realidad creada por nosotros mismos.

Nuestros hijos seguirán su destino pues el tiempo nunca se detiene para nadie. Disfrutemos de ellos ahora, enseñémosles lo que realmente es vivir. Seamos niños otra vez para permanecer la mayor parte del tiempo en el presente, riendo, disfrutando, dando lo que valemos al mundo. Cuanto más dichosos seamos nosotros más felices serán los nuestros. Entonces ¿a qué esperamos?

 

Rocío Testa Álvarez