VÁMONOS… ¡¡DE FERIA!!

Se engalana la ciudad, comienzan las celebraciones. Córdoba se viste de flores y se perfuma de jazmín. La feria comienza, los mayores visten a sus caballos de hermosas monturas, trenzan las crines y las colas, cepillan a los animales dejando reluciente su piel. Los trajes usados de otros años cuidadosamente guardados ven ahora la luz. Los trajes que, con gran esfuerzo han conseguido adquirir, todos impecables  junto con todos los complementos. Hermosos los vestidos de las mujeres llenos de lunares, volantes y gran colorido dejando ver las soberbias figuras de sus modelos.

Los niños, como manda la ley de la naturaleza, imitan a sus mayores pidiendo igualmente vestir los trajes típicos.

Asoman los alumbrados y suenan los fuegos artificiales anunciando que la fiesta ha comenzado.

El acontecimiento que año tras año es deseado por tantas personas… excepto tal vez  por esas que ven en todo este bullicio una amenaza, el miedo se apodera de ellos y les enajena de tal modo que solo pueden chillar y correr, chillar y tirarse al suelo, chillar y chillar. El ruido daña sus sentidos causándoles dolor, las luces son demasiado luminosas, demasiado cambiantes; la música, demasiado estridente… y la fiesta se convierte para ellos en tortura. Son pocos pero si están, se harán notar.

Disfrutemos del ambiente, dejémonos llevar olvidando los problemas y tensiones para que queden dentro de las cuatro paredes que forman el hogar.

Entonces ocurre que las preocupaciones que se creían olvidadas  no ha sido así al fin y al cabo. Sucede que nos molesta “ese” niño, “ese” adolescente… ¿un adolescente?, si es un niño aún podemos ser algo comprensivos, pobre, no es de extrañar, tendrá unos padres que no saben educar.  Sin embargo, un adolescente alborotador que no para de gritar estorbando e impidiendo que nosotros disfrutemos, que yo disfrute… ¿cómo es que lo traen aquí si parece un animal que no sabe comportarse? deberían encerrarle en la casa hasta que aprenda modales. Seguro que se escudarán en que tiene algún problema… ¡ja! ¡si cayera en mis manos seguro que lo enderezaría  en una semana! pero claro, qué se puede esperar, hay padres que no sirven para educar a sus hijos, y luego somos los demás los que tenemos que aguantar, y no se te ocurra decirlo en voz alta o encima te criticarán… Deberían tenerles al menos aparte, en un sitio donde estén todos juntos y no molesten…

¡Hay esa mirada! una mirada vale más que mil palabras, y ¡una mirada puede lastimar tanto! Y es que muchos padres sabemos que “esa” mirada dice palabras como ésta o peores pero sin verbalizar. Eso por no hablar de los comentarios a medias, o de las frases a medias, o de las frases llenas de hipocresía pretendiendo quedar de comprensivos mientras percibes ese lado oscuro que oscurece el cielo.

Mientras, el hermano o hermana menor que él, con suerte consigue disfrutar de la feria, de los cacharritos, del ambiente o de la comida y el baile que comienza a dominar ya con cierto arte.

Algunos padres no son capaces de soportar esta situación y ya no se atreven ni a mencionar la palabra feria en sus casas.

Los demás, hacemos lo que debemos, tapar los oídos a los comentarios tanto los de quienes no saben como de los que pretenden hipócritamente quedar de comprensivos y buenísimas personas.

Cerramos los ojos para ver la felicidad de nuestros hijos y cuando nuestro pequeño-gran hombre o mujer se desoriente o se ponnga demasiado  nervioso nos lo llevamos y podremos sonreír porque hemos logrado pasar una tarde, o dos  o incluso más en las que el niño dejó de ser autista o tea, o cualquier otro sobrenombre para convertirse en Juan, Pedro, Quique, María o Rocío, personas pertenecientes a esta sociedad que hemos construido.

Y esta situación  es equiparable a muchas otras de la vida diaria. Es la sin razón del desconocimiento. Hagamos que el mundo conozca a nuestros hijos, arranquemos la venda que algunas personas tienen en sus ojos.

Rocío Testa Álvarez