¿Quién no se ha sentido frustrado en alguna ocasión? Todos sabemos qué es eso. Desde que empezamos a aprender a hacer algo, cuando no nos sale nos enfadamos y a menudo descargamos nuestra ira contra algo.

Mi hija tiene tres años y medio, está empezando a trabajar en el colegio los números  y las letras. Cuando trae tareas a casa le encanta cogerlas, se sienta ilusionada y se pone manos a la obra. Pero cuando un número no le sale se enfada, cada vez menos porque va aprendiendo que no pasa nada, se borra y se vuelve a intentar. Las primeras fichas volaban y los lápices también. Se sentía frustrada porque no le salía bien. No solo le sucede con aprendizajes académicos, lo mismo con muchas otras cosas para las que aún es pequeña pero que se empeña en querer saber hacer bien ya porque “ya es mayor”.

Obviamente, mi hija es “normal”, puede comunicarse, puede  expresar su enfado con palabras y por qué lo tira todo y si llora sé por qué llora. Y ¿qué pasaría si no hablase? ¿qué pasaría si simplemente la viese tirar las pinturas y el cuaderno? Ahí está su hermano mayor, Quique. Si somos capaces de observar objetivamente, como desde fuera, como si no fuesen nuestros hijos, probablemente percibiríamos la situación de manera diferente. Me atrevería a decir que incluso creeríamos que esas conductas aparentemente tan disfuncionales no lo son, tienen su razón de ser, están para descargar la ira y la impotencia cuando algo no sale como tenían planeado. Tal vez incluso nosotros, en esa misma situación, reaccionaríamos del mismo modo.

Llegamos así a las tan famosas “conductas disruptivas”. Cada persona es diferente, cada niño es diferente, cada persona con T.E.A. es diferente. No todos reaccionan del mismo modo. Unos reaccionan descargando su frustración contra sí mismos  autolesionándose, otros sienten la necesidad de destrozar, descargan su ira rompiendo lo que encuentran incluido personas porque para ellos las personas no son más que “cosas” que están delante de ellos. Encima esas “cosas” suelen impedir que sigan descargando su ira rompiendo lo que tienen cerca aumentando así su frustración.

Si pensamos en esta última manera de descargar la ira ya nos damos cuenta de que se nos presenta un grave problema. No todo el mundo está preparado para atender las necesidades de este tipo de personas, sobre todo si ya son adolescentes o  casi adultos, cuya fuerza sin control puede poner en jaque a gran parte del personal encargado de su educación. Estos niños o adolescentes necesitan un profesorado muy cualificado y muy preparado, gente que sea capaz de ver lo que esconden las conductas que tantas veces se tachan, muy equivocadamente en la mayoría de las ocasiones, de desafiantes.

Este tema es realmente muy complicado y se necesitaría casi un libro entero para tratarlo como de verdad se merece y es que, como he dicho, se necesita gente cualificada, gente que de verdad aprecie su trabajo, que le motiven estos niños precisamente porque les gusta descubrir qué hay más allá de lo que muestran.

Pero por muy bueno que sea el personal es imposible que puedan conocer a un niño en unos meses, necesitan tiempo y aquí enlazamos con el que es el gran hándicap del sistema educativo en ciertos centros de educación, el baile de personal. Cuando el terapeuta conoce a sus alumnos resulta que debe abandonar su puesto de trabajo… Volvemos a empezar. Los padres rezan para que el siguiente sea de nuevo otro gran profesional, lo cual no quiere decir que tenga muchos títulos o mucha experiencia, sino que de verdad le guste su trabajo. Que este profesional le conozca y empiece a saber llevarle para poder enseñarle, que no se rinda o le eche la culpa a los padres de sus conductas tan perjudiciales. Ojalá todos los profesores de educación especial fuesen así de competentes pero no siempre ocurre y con que solo suceda una vez ya tienes un par de años perdidos porque el niño no aprenderá, estará más nervioso y tendrá peor conducta. Con suerte volverá otro buen profesional….

Un ciclo eterno que solo se puede evitar mediante contratos fijos y aquí aún se complica más el tema…

Aunque los niños que descargan su ira contra los demás, siempre teniendo claro que los demás, en este caso, supone que personas se equiparen para ellos  a  “cosas”. Aunque éstos se consideran más problemáticos no debemos infravalorar los desastrosos resultados de los niños que se auto lesionan. Sus marcas en la cara y el cuerpo duele solo con verlas y las lesiones de quienes quieren impedir que se dañen también duele verlas. De nuevo el que el personal sea competente es fundamental, el que les conozcan básico en todos los sentidos. Para adelantarse a un enfado, para prever cómo van a reaccionar, para evitar ser lesionados, para enseñarles…

Los que podemos hablar y expresarnos somos unos privilegiados que muchas veces no somos conscientes de lo beneficioso que es poder decir en voz alta o hasta gritar nuestras frustraciones.

¿A que ha cambiado su modo de ver los enfados de estos niños? No son locos ni están poseídos, solo son seres humanos desvalidos a los que el destino les ha robado su voz.

Rocío Testa Álvarez