LAS SOMBRAS SILENCIOSAS

Cuando a un niño se le diagnostica autismo el mundo a su alrededor se transforma, para él y para su familia.

El niño pequeño, aún casi bebé, pretende seguir como desde que nació, embutido dentro de sí mismo, dentro de su rutina que hasta los tres años más o menos le ha funcionado. Sin embargo, ahora se le exige que salga de esa seguridad, que se adapte al mundo, a las reglas, las reglas de todos los “normales”.

Ese momento supone un trago duro para los padres que, dependiendo de si es el único hijo que tienen o ya tienen más, lo verán venir más pronto o más tarde. En cualquier caso se va a producir una gran revolución en estas familias, se hace necesario reorganizar las prioridades, las expectativas futuras para ese hijo. Ahora toca luchar por él, para que se desarrolle al  máximo y siempre con la esperanza de que pueda llegar a defenderse solo. Y ya después de dos años como norma general realizando pruebas, análisis y tests; ya todos buscan una cierta normalidad, una rutina que les permita seguir adelante. En la mayoría de las familias ocurre que los padres siguen  dedicando su tiempo al trabajo, llevar dinero a casa. Hay excepciones, no quiero olvidarme de ellos, aunque lo que más vemos es a las mamás llevando de la mano a sus hijos a logopedia, psicomotricidad o cualquier otra terapia que le va a venir bien al niño.

Mamá acaba de ganar un nuevo estatus en el mundo, se convierte en La Sombra Silenciosa. Es la persona que está pendiente de su hijo a todas horas, la psicóloga que analiza su conducta, la que se pregunta qué es lo que estará pensando su niño, de por qué reacciona de determinada manera; el médico que valora si está enfermo puesto que su niño no puede expresarlo; la profesora que debe enseñarle modales y modos de comportamiento que tantas veces se infra valora… Tal vez lo peor sea que debe convertirse en psiquiatra o neurólogo  para valorar si debe darle medicamentos a su hijo o no, de qué tipo de medicamentos, qué dosis, cómo lo tolera… Súper mamás o súper mujeres  ¡solo se trata de una persona!.

La familia, la madre en especial, busca apoyos, busca información, busca incansable mientras sigue estudiando a su propio hijo haciendo suya  la responsabilidad de su bienestar y desarrollo, de su felicidad. Es cuando los días serán buenos si el niño está bien y serán malos si el niño está mal.

La Sombra Silenciosa no se queja, al contrario, lucha con fuerza para sacar adelante la situación y cualquier pequeño logro que consigue supone para ella el regalo más hermoso que pueden hacerle. Su satisfacción, su entrega sin límite son rasgos característicos de las Sombras Silenciosas.

El tiempo sigue su curso, los días y las crisis junto con los momentos felices se suceden en ciclos y comienza a dejar mella en la Sombra Silenciosa, puede surgir el Síndrome Burnout, o el síndrome del profesor quemado, aplicado a su hijo. Tanto le ha querido, tanto ha luchado, tanto se ha “vaciado” que ya no le quedan más fuerzas. No somos frías máquinas, el agotamiento físico por un lado que seguro se ha ido acumulando con los años y el agotamiento psicológico, ese ansia por tenerlo absolutamente todo controlado, esa depresión y ansiedad cuando cualquier hecho nimio, absurdo, consigue la desestabilización del niño, chico o adulto… y piensan ¿por qué? ¿por qué se ha puesto así?¿por qué no se puede volver atrás en el tiempo para evitar que ese hecho tan absurdo le robe la sonrisa y la estabilidad? ¿por qué?. Y como si le dieran la bofetada más fuerte la Sombra Silenciosa se siente sin fuerza actuando por instinto sin apenas ser consciente y buscando que la situación se arregle…

Es entonces cuando nos asociamos, nos unimos porque la unión hace la fuerza, porque necesitamos ayuda, necesitamos que haya personas que puedan ejercer nuestro papel aunque solo sea durante unas horas.

Las Sombras Silenciosas también necesitan apoyo, cariño, tiempo para ellas, realizarse como personas y recomponer sus vidas. No son sombras al fin y al cabo, son personas dedicadas a sus hijos, son madres. Un “HURRA” bien alto para ellas.

Rocío Testa Álvarez