MUÉSTRAME MI SOMBRA

Hola amigos lectores, hoy voy a hablaros de un término cada vez más familiar, se trata de la “sombra”. No de esa sombra que muestra nuestra silueta cuando luce el sol o en la noche con las luces artificiales. Me refiero a las sombras que guarda nuestra mente, ese lado oscuro que ocultamos a todo el mundo, a esa parte de nosotros que negamos, justificamos o, aún peor, que creemos ignorar.

Podemos negarla mas no por ello desaparecerá porque es parte de nosotros, somos nosotros mismos. Lo curioso es que cuando más se muestra es cuando interaccionamos con otra gente. A menudo queremos creer que nos molesta o nos agrada otra persona por cómo es cuando en realidad nos identificamos con ella. Así, si de verdad quieres conocer qué temes de ti, qué odias de ti o qué amas de ti mismo piensa en lo que te sugiere esa mujer o ese hombre que acabas de conocer. Piensa por qué no te cae bien, por qué te atrae o te desagrada. Si aceptas esto tu percepción del mundo que te rodea cambiará totalmente.

Todo lo negativo, la ira, la envidia, la avaricia… todo ello solo son señales de nuestra propia debilidad. ¿No os lo creéis? No lo creáis, solo pensad objetivamente, haced conscientes vuestros miedos más profundos sin juzgarlos y veréis el sentido de lo que digo.

Se ha dado por supuesto que todos debemos ser perfectos, no podemos tener debilidades porque los demás las podrían utilizar en nuestra contra, podrían atacar nuestro ego, nuestra personalidad… y esa es la cuestión, ¿nuestras debilidades somos nosotros mismos? Para nada. A pesar de saber que todos tenemos algo que aprender intentamos dar la imagen de que dominamos cualquier situación, cualquier tema.

La perfección no existe. Si alguien me puede demostrar que existe la persona perfecta que me lo enseñe, mientras tanto seguiré pensando que todos tenemos puntos flacos, todos nos equivocamos y tomamos decisiones de las que después nos arrepentimos. El arrepentimiento será positivo si lo aprovechamos, si aprendemos para no volver a cometer el mismo error. De nada vale castigarnos por no haber sabido la manera correcta de actuar porque volverá a aparecer una situación idéntica y caeremos de nuevo y nos desesperaremos castigándonos más ¿Cuál es el problema? Que no hemos aprendido y las situaciones se repetirán hasta que al final las hayamos superado y si no, moriremos creyendo que la culpa es de los demás o es nuestra porque no hemos sido capaces de estar a la altura.

La próxima vez que hables con alguien cuestiónate por qué te cae bien o por qué te cae mal. Piensa en ti mismo y lo que supone su modo ser o de actuar. Si tu problema es ser impulsivo te caerán mal las personas que se dejan llevar por sus impulsos. Si tu problema es tener una auto estima baja te enfadará el que una persona se comporte como si no valiese nada e intentarás solucionar su problema. Nunca se debe juzgar, ya lo he mencionado en otros artículos. Si juzgamos podemos quemarnos. Tal vez el famoso refrán de ver la paja en el ojo ajeno o una frase que leí en facebook no hace mucho y que me gustó por la sabiduría que esconde, es ésta: “Yo quisiera que mis problemas fueran los de los demás porque siempre encontraría la solución”.

Las madres somos muy propensas a esto de juzgar. Las demás siempre educan mal a sus hijos. Se critica desde la manera que lleva de vestir a su hijo hasta su forma de enseñarle.  En el caso de que tengamos hijos con problemas la cosa todavía se pone más seria aunque debo decir que también es una lección de humildad. Nuestros hijos no son perfectos, y no lo son con o sin dificultades. Cuando tienen algún diagnóstico es como si no tuviésemos que demostrar tanto, o al contrario, debemos demostrar lo buenas y sacrificadas madres que somos puesto que intentamos enseñarle todo lo que podemos aunque en ocasiones pensamos más en que se vea lo que conseguimos que el beneficio que va a suponer para ellos. Tal vez parezca demasiado dura aunque eso es porque me he dado cuenta de que yo misma he caído en esta trampa.

Cuando mi hijo era pequeñito yo presumía de lo bueno que era, de lo educado que era porque no tocaba nada ni era caprichoso. Cuando empezaron los problemas a la edad de tres años en adelante comenzó a coger lo que no era suyo,  me manipulaba para no esforzarse él… ¡tantas situaciones!, entonces comenzaron a decirme que si yo no le exigía, si le dejaba hacer lo que quería… Fue una lección de humildad para mí. En ellas se escondía el trasfondo de creer que no era una buena madre aunque, ¿realmente no lo era, no asumía el problema de mi hijo o yo misma me sentía mala madre? De todo un poco.

A partir de ese momento intenté enseñar a mi hijo, para que aprendiese sí, y sobre todo (aunque sucediese de modo inconsciente) para que la sociedad viese el trabajo que yo realizaba, el sacrificio que me suponía, yo lo daba todo por mi hijo. No quiero decir que no lo diese todo y seguiré dándolo todo por él aunque ya me da igual lo que los demás reconozcan de mi esfuerzo o de los conocimientos que muestre el niño ante ellos.  El problema no estaba en los demás sino en cómo me veía yo.

Ahora sé que no es sacrificio si dejas de  pensar en los demás y te centras en lo que de verdad es importante, el bienestar que le proporcionas al niño con cada avance por pequeño que sea, cada nuevo problema que se soluciona. Ahora, cada vez que la actitud de alguien no me gusta me pregunto qué he visto yo de mi lado oscuro para que no me agrade. Nadie puede hacerme sentirme feliz, triste o enfadada. Todo depende de cómo yo lo percibo desde mí. Por tanto, yo soy quien decide, o me dejo llevar por mis creencias y mis miedos o reacciono para aprender.

Hola, soy Rocío, muéstrame mi sombra, tengo mucho que aprender como persona, como madre, como ser humano.

Rocío Testa Álvarez