¿QUÉ VEN TUS OJOS?

Hola, ¿cómo estáis? Espero que en plena forma.

Siempre mi intención es haceros pensar. Parece que todo el mundo asume que solo existe una realidad, un modo de ver las cosas, sean físicas, hechos o ideas. Todos en alguna ocasión decimos, esto es así, esto es una mesa marrón, esto está bien hecho…

El modo de hablar nos delata, muestra cómo somos, refleja nuestra manera de enfrentarnos a la vida. Esto es algo que todos asumimos, ¿verdad? Bien, como nadie es igual a nadie, todos somos únicos, con una manera especial de ser que se ha ido construyendo según nuestra cultura, nuestra educación, la forma de ser de nuestros padres o nuestros propios rasgos junto con nuestras experiencias. Demasiados factores, es decir, la realidad como tal no existe. Todos interpretamos, todos las maquillamos según nuestro bagaje. Luego siempre debemos cuestionarnos lo que decimos acerca de algo, nuestra verdad se convierte en algo subjetivo que puede resultar totalmente erróneo para otra persona. De ahí que sea tan peligroso intentar imponer nuestras creencias, caminar con la mente cerrada supone perdernos otras visiones, estancarnos en nuestro famoso “yo soy así”.

Estas últimas semanas llovió en Córdoba muchos días seguidos y mucha gente me decía que se sentía deprimida por la lluvia. Mientras yo escuchaba y sonreía respondía que a mí la lluvia me encanta, me hace sentirme bien. Hasta en algo tan nimio vemos que un mismo hecho puede cambiar nuestro estado de ánimo. Percibimos la realidad desde nosotros mismos. Y desde ese pensamiento llegamos a la conclusión de que hay que ser más cautos a la hora de juzgar un hecho o una conducta. Todos respondemos ante los estímulos de una manera especial como seres únicos que somos.

Sin embargo, necesitamos catalogar, necesitamos poner nombres a las cosas, a los sentimientos, a todo. Catalogar para creer que así tendremos un control sobre ellos, un control que nos dará seguridad. Ahora bien, si todos tenemos nuestra verdad, ¿no estaremos equivocados en etiquetar todo lo que vemos?

Quizás penséis que esto no es importante aunque os aseguro que es el noventa por cien de la causa de nuestra ansiedad o depresión diaria ¿Por qué? porque a medida que pasamos por experiencias nos hacemos conscientes de que no controlamos nada porque las etiquetas que valen para unos no sirven para otros, que lo que pensábamos que era seguro, que un  hecho sucedería en base a una conducta nuestra después resulta que no se cumple. Que lo que vemos con nuestros ojos y afirmamos que es cierto solo es fruto de nuestra personalidad. Y cuando preguntamos a nuestro entorno por qué la situación no ha salido como esperábamos intentando además argüir nuestros razonamientos, las mentes pensantes de ese entorno nos revelan la otra versión, la otra cara de la moneda.

Este es uno de los grandes dilemas que padecen los T.E.A. La manera única que tienen de pensar tan directa y matemática pasando por alto los matices que la sociedad ha ido imponiendo a lo largo de los años les pone a ellos o a quien les acompañe en situaciones que van desde el simple mirar mal hasta verdaderas discusiones acerca de por qué no se puede hacer esto si es lo que yo deseo verdaderamente. De por qué está mal mentir aunque en algunas ocasiones sí se permite o incluso se dice que es lo correcto.

Quique, mi hijo, me ha hecho abrir los ojos con respecto a esto. No es que me haya dado una charla acerca de la filosofía de la vida, o quizás sí. No con palabras porque no habla, sí con hechos. La sinceridad y la honradez para consigo mismo es impresionante. Es la perfección. Como dije en mi anterior artículo, él es libre. Hace según siente. Qué fácil sería el mundo si todos hiciésemos lo mismo.

El sufrimiento nos lo fabricamos nosotros mismos. Sentimientos como el egoísmo, la culpa, la necesidad de hacer daño a otros, la pena artificial basada en creencias erróneas. Todo ello se evitaría si tuviésemos “más pensamientos T.E.A.”, si fuésemos más coherentes con nosotros mismos, si dejásemos de auto engañarnos buscando explicaciones y justificaciones. Solo tendríamos que ser más sinceros con nosotros y con el mundo que nos rodea. Si nos amáramos plenamente no tendríamos la necesidad de dañar a nadie. Si nos amáramos no perderíamos el tiempo criticando y juzgando a otros, nos limitaríamos a intentar luchar por sacar nuestra felicidad y con ello seguro no solo nos sentiríamos en paz sino que además ayudaríamos a quienes están con nosotros. Qué simple, qué complicado ¿Una utopía? Tal vez solo la perfección.

El autismo aparece ante nuestros ojos para enseñarnos justamente eso, obrar según tus sentimientos, sin miedo a decir lo que llevas dentro, sin miedo a cómo te juzgarán, sin miedo a ser consecuentes, sin miedo a actuar coherentemente. Ello no te salvará de sentir dolor en muchas ocasiones aunque te librará del sufrimiento. El dolor dura un tiempo, el sufrimiento puede durar y marcar el resto de nuestros días.

Si la verdad la inventamos según nuestras creencias, si la realidad no existe, ¿por qué pelearnos intentando convencer a los demás para que vean por nuestros ojos? Eso jamás ocurrirá y el famoso consejo de “si yo estuviera en tu lugar haría…” es mentira porque si tú estuvieras en el lugar del otro pensarías como él y harías lo mismo que él hará.

Así que recojamos el gran regalo que nos ofrece el autismo y pensemos que nunca tenemos razón, lo único que es cierto es cómo nos sentimos ante nosotros mismos tras un acontecimiento, una conducta o un comentario que hayamos hecho.

Os invito a meditar acerca de cómo sois cada uno de sinceros con vosotros mismos, sobre cuánto os amáis, sobre la relatividad de todo, sobre lo referente a cuánto tiempo perdéis en intentar arreglar los problemas de los demás.

Gracias.

Rocío Testa Álvarez.