QUIERO SER LIBRE

Gracias como siempre a quienes tengo el honor de escribir.

Hoy quiero hablar de la libertad, término tan mal utilizado en tantas ocasiones. Tal vez pretenda rebelarme contra las normas, contra eso que todo el mundo acepta porque “siempre ha sido así” y apenas nadie cuestiona nada de las reglas en base a lo que vivimos día a día.

¿Cuántas veces hemos querido gritar a pleno pulmón porque algo nos aprisiona por dentro? ¿Cuántas hemos sonreído mientras nuestra alma pedía lágrimas? Y muchas de esas veces no hemos chillado porque estaba mal visto, hemos sonreído porque es lo que se debía hacer. Esa incoherencia entre lo que sentimos y lo que hacemos se acumula en nuestro corazón postergando la explosión de nuestras emociones para “cuando podamos”, para cuando conseguimos estar solos en nuestras casas, casi siempre por la noche al irnos a dormir y no sea necesario disimular más. Entonces sí, entonces sueltas los gritos (tampoco demasiado no vaya a ser que te escuchen quienes no deben). Entonces brotan las lágrimas inundando al fin nuestro cuerpo y conseguimos sentirnos algo mejor. Cuando el sol sale te despiertas para comenzar de nuevo el teatro de tu día en sociedad. Esa sociedad que te dice que no se llora porque eso es de débiles, que no se grita porque eso es de personas agresivas… ¿Cuántos sentimientos y malos momentos nos tragamos a lo largo de las horas?

Yo hoy quiero rebelarme, quiero reclamar el derecho a actuar según nos sentimos, quiero rechazar “las buenas maneras” que pretenden esconder nuestro estado de ánimo, nuestra pena o a veces incluso la propia alegría en un momento que dicen no es oportuno. Quiero rechazar la resignación y los comentarios que todos parecen aceptar como adecuados, comentarios del estilo “la vida es así” o “es la cruz que nos ha tocado” y tantas de ese estilo.

Hay un tipo de personas que son íntegras diariamente. Un tipo de personas que hacen y dicen lo que piensan sin mirar las consecuencias, sin mentir. Puros y genuinos. Son los que como mi hijo Quique no tienen miedo a lo que opinen de ellos, ni a que les critiquen, ni a que les miren mal o les rechacen. Lo sienten, lo expresan. Esos son los maravillosos privilegiados del espectro autista, especialmente los que parecen más vulnerables, los más afectados. Los más afectados son los que menos interés tienen en aparentar o en hacer creer lo que no son y eso es lo que les otorga el gran regalo que es la honestidad con ellos mismos en donde no se conoce el significado de la palabra “mentira”.

Aquí está mi hijo Quique, autista o para los que todavía se pelean con la palabra, persona con autismo y además diabético (o con diabetes si se prefiere). A Quique le da igual un término u otro. A Quique le gusta que le llamen por su nombre, de no ser así, no te hará caso.

Quique es libre. Lo que a él le importa es ser feliz siempre, quiere estar bien. No le gusta sentir hambre o cansancio. No le gustan las normas que casi siempre son algo negativo para él porque le impiden hacer lo que quiere. No le gustan las discusiones ni las lágrimas. Él desea que su sonrisa nunca desaparezca de su boca. Ese es su fin y para ello lucha con todas las armas de que dispone. No miente y si ha hecho algo que sabe que no le está permitido te lo dice a pesar de que sabe que recibirá regañina, a veces incluso se auto castiga antes de que alguien lo haga. No finge porque no le cabe en la cabeza la posibilidad de actuar de otra manera que no sea la que verdaderamente siente.

Quique grita a pleno pulmón si lo necesita, sí, sin ningún reparo, en cualquier lugar. Corre de un lado a otro si la energía que está dentro de él le dice que lo haga y disfruta “bailando” al son de la música. Quique es libre, nadie lo puede negar, su única limitación es la que los demás le marcamos. Aunque repito, es libre, es íntegro consigo mismo ¿Cuántos de nosotros podemos decir lo mismo? Él siempre será feliz salvo en los momentos en que alguien le robe su bienestar.

Las personas como él podrán comprometer a los que les acompañan en muchas ocasiones por esa rebeldía contra unas normas que no entienden porque muchas veces no tienen ningún sentido. En una cafetería, en el médico, en una reunión, incluso en los transportes públicos ¿Qué padre no ha pasado por este tipo de situaciones? De entre ellas casi siempre son los demás los que están equivocados al estar en su mundo dormido donde todo “sigue siendo así”, donde lloras cuando debes reír y ríes cuando debes llorar. Casi será una recriminación que esconde envidia por ésos que pueden demostrar sus verdaderos estados de ánimo en cada momento de su vida. Sin duda eso es terapéutico.

Aún recuerdo el triste caso ocurrido recientemente de la chica con síndrome de Down que expulsaron de un evento porque “podía asustar a los demás invitados” ¿De verdad esta es la sociedad que queremos? ¿Debemos mantener esas reglas que consiguen que cada vez haya más personas enfermas mentalmente de tanto que deben actuar olvidando quienes son en realidad? ¿Qué reglas deben acatarse realmente?

Para mí, subjetivamente por supuesto, solo hay una única regla: todos tenemos el derecho a reclamar ser coherentes con nuestro cuerpo y nuestros sentimientos. Sólo considero una limitación que es nunca hacer daño a los demás y no traspasar sus límites. Todas las demás normas creo que necesitarían una revisión, al menos las que nos llevan a cometer tantos abusos contra nosotros mismos

Yo quiero ser como mi hijo Quique, libre. Deseo ser sincera con los demás y sobre todo conmigo misma. Deseo no tener que actuar por la necesidad de querer agradar o por miedo a la crítica. Solo hay una vida, nuestra vida, somos demasiado especiales como para pasarla pretendiendo ser quienes no somos.

Rocío Testa Álvarez